domingo, 10 de octubre de 2010

BIPARTIDISMO: VOTAR A JUDAS O AL DEMONIO

Como se expone en el artículo "La alianza impía", de recomendada lectura, existe una relación de interés entre el poder económico y el poder político. Unos ejercen presión para influir en los órganos de gobernanza del país en cuestión, e inclinar la balanza a favor de sus intereses. Los otros se ven en la necesidad de atraer al capital para -mediante la financiación del partido- conseguir el apoyo económico suficiente y sufragar las cada vez más costosas campañas electorales, con el fin de ser una opción seria de gobierno.

Se establece, de esta forma, una cooperación estratégica en la que se comparten objetivos y recursos. No obstante, esta cooperación interesa a las dos partes que sea limitada y lo más reducida posible.

La forma de organizar esta inversión para que produzca el mayor beneficio posible, se llama bipartidismo. Éste consiste en la preponderancia aplastante de dos partidos políticos que practican la alternancia en el poder.

Obviamente, reducir de dos partidos políticos a uno no sería compatible con el sistema democrático occidental, donde el ciudadano debe tener la sensación de ser dueño de sus propias elecciones. Por lo tanto, la siguiente opción económicamente eficiente es la de dos partidos con opciones de gobierno.

Tanto al poder económico como al político dominante, interesa que así sea. Las redes e individuos que ostentan el poder económico solo han de apoyar ambas opciones políticas, aportando cuantiosas donaciones -cuando sea necesario, eludiendo las normativas y leyes limitantes- que inmediatamente se convierten en inversiones que terminan dando cuantiosos beneficios. De esta forma garantizan que no se van a ver afectados sus intereses durante la legislatura, independientemente de quien ocupe el gobierno. Por otra parte, las formaciones políticas con opciones de gobierno, reducen la competencia al mínimo al contar con un único contrincante con posibilidades.

Las normas y reglamentos electorales impulsados por los partidos políticos que practican el bipartidismo y que en este caso no tienen dificultades para llegar a acuerdos, entorpecen aún más las pocas posibilidades que les quedan al resto de las opciones políticas, como se puso de manifiesto en las recientes elecciones generales del Reino Unido, donde el número de botos de los diferentes partidos no era representativo de su cuota de participación en el parlamento. El resto de partidos sólo tienen alguna opción si, tras las elecciones, el partido predominante no ha obtenido la mayoría absoluta y necesita de acuerdos permanentes -coaliciones- o puntuales, para impulsar sus políticas. Como también ocurrió en el Reino Unido entre el partido conservador de Cameron y el liberal demócrata de Cleeg, independientemente de sus diferencias ideológicas.

En ningún caso hay que entender lo dicho hasta ahora como que es lo mismo optar por cualquiera de las dos formaciones políticas que practican el bipartidismo. Todavía existen sensibles diferencias en las orientaciones políticas de cada partido. Lo que se pone de manifiesto es que, llegados a cierto punto, ninguno de los dos partidos, ni el que ostente el gobierno, ni el principal de la oposición, morderán la mano que les puede impulsar hacia el poder en las próximas campañas electorales, como se ha podido constatar con claridad, en diferentes países, a lo largo de la presente crisis económica.

Ni que decir tiene que esta tendencia está generando otras de índole social. La primera es la falta de legitimidad que los ciudadanos identifican en sus "líderes" políticos, como consecuencia de los cambios -fuera de la normativa constitucionalmente establecida- en el proceso de asignación de poder, que da acceso a las instituciones del estado y a su gestión, a grupos de presión y a personas concretas para garantizar sus propios intereses. La segunda es la apatía y el hastío que estos acontecimientos generan en la sociedad y que se convierten en la falta de participación en los procesos electorales por parte de la ciudadanía, máxime cuando vienen acompañados de sucesos de corrupción política, que los medidos de comunicación difunden en su interés por generar audiencia y por crear opinión en función de su sesgo político.

No obstante, lo anterior no quiere decir que los ciudadanos no tengan inquietudes, ni intenten, a través de medios alternativos, como movimientos juveniles, asociaciones de vecinos, movimientos ecologistas y un amplio abanico de agrupaciones ciudadanas independientes, que junto con las redes sociales generadas gracias a la capacidad de conectividad de Internet y de las nuevas tecnologías móviles, funcionan como válvula de escape para intentar transformar los intereses y valores en los que se basa la sociedad.

Estas agrupaciones son, por tanto, vitales para la salud del sistema social frente a la endogamia y el statu quo promovido por el sistema convencional de asignación de poder, sus patrocinadores financieros y sus acólitos políticos.

Se genera de esta forma un contrapoder, que consigue sus objetivos, si es capaz de reprogramar las redes de poder establecidas en torno a intereses y valores alternativos, o interrumpir las conexiones dominantes para interconectar redes de resistencia y cambio social.

No olvide que la mente pública se compone de la suma de mentes individuales, incluida la suya. Por lo tanto si piensa que un mundo diferente es posible y encuentra o promueve a un número suficiente de personas que piensen como usted, es posible influir en el proceso de toma de decisiones.

Enlaces relacionados:
La alianza impía
La soberanía reside en los mercados
Breve y entendible explicación de la crisis de deuda gubernamental