viernes, 10 de septiembre de 2010

LA ALIANZA IMPÍA

Resulta sorprendente el grado de homogeneidad que han alcanzado las sociedades. Culturalmente sigue habiendo diferencias, no obstante, la industria de la comunicación, la mercadotecnia de los productos y servicios, el consumo, las normativas y legislaciones favorables al mercado, tienden a difundir conceptos y valores que, si bien adaptados a la cultura local -para facilitar su asimilación- contribuyen a reproducir un determinado esquema de comportamiento a nivel global.

En especial, llama la atención la uniformidad con la que se desenvuelven, en algunos asuntos, las formaciones políticas y en concreto aquellas con opciones de ocupar puestos de gobierno. En muchos casos dos partidos políticos que practican la alternancia en el poder, el llamado bipartidismo que tanto daño está causando a la democracia.

Pero, ¿cuál es el origen de dicha uniformidad? ¿qué motivos impulsan a un determinado partido político a tomar decisiones o promover la aprobación de leyes, que en algunos casos, están en las antípodas de la aparente tendencia política del propio partido?. Pues esto se debe a la alianza impía existente entre el poder político y el poder económico y sus relaciones de interés.

El gobierno de una nación debería trabajar por el bien común de sus ciudadanos, por establecer medidas y legislar para un reparto equitativo del trabajo y de la riqueza que éste genera, mediante una recaudación y posterior redistribución que garantice la igualdad de oportunidades. No obstante, esta no suele ser la prioridad de ningún gobierno. Más bien, la prioridad consiste en hacer lo necesario para permanecer en el poder y en el caso de la oposición, en hacer lo que esté en su mano para alcanzar el poder. Sin que el bien común guíe ninguno de los pasos hacia dicha prioridad. Esta actitud lleva al enfrentamiento perpetuo en detrimento de la colaboración necesaria en beneficio del ciudadano, que queda relegado a un segundo plano. Concretamente se le relega hasta las próximas elecciones, cuando se reclama su participación y apoyo.

Ambos, el poder económico y el poder político, han desarrollado unas necesidades que cubren manteniendo relaciones de interés, en beneficio de las redes que los conforman y de las personas que las encarnan y que les sirven para perpetuarse en su posición de liderazgo. De hecho las fuentes principales de dominación que todavía planean sobre nuestra existencia son el capital y el estado.

Pues bien, por parte del poder económico existe la necesidad de acceder e influir en las instituciones de gobernanza y en su gestión, para garantizar que las leyes que se promulgan, lejos de perjudicar sus intereses, trabajen en su beneficio. Por la otra parte, los partidos políticos necesitan construir significados en torno a su programa político y su ideología y difundir a la ciudadanía, mediante los medios de comunicación, dichos significados. Estos medios de comunicación no dejan de ser redes corporativas con el mismo objetivo que las demás, maximizar sus beneficios.

Las campañas políticas y su creciente sofisticación, con el fin de convencer al ciudadano de la idoneidad de la propuesta de un determinado partido, han encarecido el proceso de creación de significado considerablemente, por tanto, los partidos políticos necesitan financiación si quieren ser una alternativa de gobierno seria.

En los dos puntos mencionados, a saber, acceso a los medios de comunicación para la construcción de significados capaces de influir en el electorado y la financiación -legal o no, dependiendo del país y de la legislación aplicable- para hacer frente a los costes que la maquinaria de acceso al gobierno requiere, es donde el poder político encuentra un aliado decisivo en el poder económico.

Esta alianza no escrita pero real y fuertemente enraizada, es la que determina el sesgo de un gobierno a la hora de establecer las normas de funcionamiento del estado, independientemente de las ideologías, que se construyen para dar sentido a una determinada elección política más que para ponerlas en practica. Esta perversión del proceso de asignación de poder a favor de grupos de presión y personas concretas, es el detonante fundamental de la crisis de legitimidad que deriva en la incredulidad generalizada, y pone en cuestión el derecho de los líderes políticos a tomar decisiones en nombre de los ciudadanos para el presunto bienestar de la sociedad en su conjunto.

El panorama puede parecer desolador, sin embargo, la mente pública se compone de la suma de las mentes individuales, incluida la suya. De tal forma que si piensa que un mundo diferente es posible, las redes de comunicación -espacios en los que se establecen las relaciones de poder- funcionarán de otra manera, con la condición de que seamos muchos los que estemos dispuestos a construir nuestras propias vidas, en lugar de caer en la rutina de una vida teledirigida por los intereses de una minoría.


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Bibliografía:
Comunicación y poder. Autor: Manuel Castells.