sábado, 5 de junio de 2010

LA SOBERANÍA RESIDE EN LOS MERCADOS.


Efectivamente, la soberanía reside en los mercados y nunca como ahora esto se había puesto tan de manifiesto y a la vista de todos.

Según nos comentan en todos los medios de comunicación, son los mercados los que están obligando a los países a tomar medidas contundentes para frenar el excesivo endeudamiento de las economías, fundamentalmente, europeas.

Uno tras otro, los gobiernos de los respectivos países están pasando por el rodillo del mercado y según sus dictados, tomando medidas contundentes de austeridad, no sin la complicidad de los políticos, da igual de que signo, que no se sabe muy bien si por miedo o por vergüenza están adoptando medidas estandarizadas tales como el aumento de la edad de jubilación, la reducción del coste de las pensiones, el ajuste salarial en la empresa pública y privada, el abaratamiento del despido, el aumento de los impuestos y otras por el estilo. Quedan fuera del ajuste, por el momento, los grandes capitales, que con la amenaza de marcharse parece que tienen suficiente para mantener, contra toda lógica, sus privilegios.

Lo que vemos hoy en día, con la justificación de la crisis y del endeudamiento, es el mayor atentado contra lo que queda del estado del bienestar en Europa. Recordar que para llegar a ese modelo del bienestar fueron necesarios muchos años de sacrificios y conflictos para conseguir unos derechos que se están perdiendo a marchas forzadas casi sin resistencia.

Pero el concepto de "los mercados" es abstracto e impersonal, algo o alguien inalcanzable y volátil al que no nos podemos dirigir con nuestras reclamaciones o quejas. En cambio "los mercados" si que, de hecho, están legitimados y tienen poder y autoridad suficiente para variar el rumbo de las naciones y con ellas el de millones de personas que, quieran o no , se ven obligados a aceptar unas condiciones que sin duda conducirán a su empobrecimiento.

Conviene recordar cual fue el foco de la actual crisis. Para ello recomiendo encarecidamente al lector que lea el artículo (Breve y entendible explicación de la crisis de deuda gubernamental) publicado en este mismo blog. Como consecuencia de la crisis de las hipotecas subprime originadas en EE.UU. se produjo un transvase de la deuda de los grandes bancos internacionales a las cuentas públicas. Sí, a esas que tiene que pagar fundamentalmente la clase media, que dispone de recursos, pero no de los suficientes como para contar, de su parte, con la legislación, las prebendas y las facilidades de todo tipo aplicables a las grandes fortunas y a los bancos.

Los mercados de capital están para garantizar el capital de los inversores, pero no de todos. El pequeño inversor está dentro de la ecuación, pero sólo porque el grande puede quedarse con su dinero. Por lo tanto los mercados son y defienden los intereses del gran capital, de los llamados inversores institucionales; los grandes bancos internacionales, ¡que casualidad, otra vez están aquí! y grandes fondos de inversión, que son los que realmente tienen la capacidad y la tecnología para mover el mercado.

Pero los mercados son caprichosos y primero fuerzan a los estados a reducir su deuda y después se muestran preocupados por el efecto que sobre el consumo y la recuperación económica pueden tener las medidas de austeridad implantadas. Resumiendo, lo quieren todo, que se pague poco a asalariados y pensionistas y que estos tengan el capital suficiente como para impulsar el comercio y la economía.

Desgraciadamente y como veremos en los próximos meses esto no es posible y mucho menos en los países más afectados por la crisis. Si se reducen los gastos de los estados para frenar el déficit será a costa de la recuperación ya que, como se empieza a ver en los indicadores económicos, sin impulso público, la iniciativa privada es incapaz de consolidar la recuperación.

Lamentablemente los estados no disponen de más margen para ampliar su deuda, so pena de cesar pagos en algún momento, forzando de esta forma la reestructuración de la deuda. Esto también sería un grave problema ya que como se puede ver en el gráfico, la deuda de los diferentes países está distribuida de tal forma que el impago de un país afectaría peligrosamente a sus principales acreedores, tanto públicos, otros estados, como privados, los propios bancos.

No parece que la solución sea fácil, más bien la globalización económica ha hecho de todo esto un galimatías y ha puesto en jaque a regiones enteras, principalmente EE.UU., Europa y Japón. Ha privado de clientes a la otra parte del mundo, productora de materias primas, como es el caso de Sudamérica y África o intensiva en mano de obra como lo es China. Eso sí, estas tres últimas regiones, menos afectadas por tener un sistema financiero menos globalizado y por tanto menos expuesto a la ingeniería económica internacional.

Los patrones de producción y consumo a nivel internacional deben cambiar sensiblemente, pero no parece que esto vaya a producirse en un plazo corto de tiempo. En China, la eterna esperanza para el consumo, las autoridades siguen imponiendo medidas para limitar el crecimiento y evitar la formación de burbujas que desestabilicen la economía interna y de paso la internacional.

Mientras tanto, lo que está en discusión en este momento, es quien va a pagar la factura. De esta reflexión, llevada a cabo por las élites, es de donde están saliendo las propuestas de los estados mencionadas antes y otras que probablemente veamos en un futuro próximo. Es una lástima y una vergüenza que los grandes capitales sigan campando a sus anchas por todo el mundo en busca de las mejores oportunidades para maximizar el beneficio de unos pocos a costa de la miseria de muchos, utilizando todos los medios a su alcance, incluida la evasión de impuestos vía paraísos fiscales, para conseguirlo.

Es evidente que hay que hacer un esfuerzo por recomponer la estructura económica, pero la que surja de todo esto, no tiene que ser necesariamente la misma que la que se está descomponiendo actualmente. Se necesita más control para evitar los desmadres que nos han llevado a esta situación y que los estados gobiernen por y para los ciudadanos como es su deber y no para el beneficio de las élites. También sería de sentido común que la factura se pagase en proporción a las rentas y a los ingresos reales tanto de las empresas como de los particulares. Esto a día de hoy, no está siendo así, haciendo cierto el dicho de que el sentido común es el menos común de los sentidos.

Enlaces relacionados:
La alianza impía
Bipartidismo: votar a Judas o al demonio