sábado, 20 de febrero de 2010

La erosión de la diversidad genética.


A lo largo de la historia, la fortaleza de la vida en la Tierra se ha puesto a prueba en varios momentos que han resultado cruciales.

Tremendas devastaciones, provocadas por el impacto de meteoritos y otros fenómenos a escala planetaria, acabaron con la mayor parte de las especies que albergaba el planeta, no obstante, dieron paso a una renovación de la vida que se fue configurando a lo largo de millones de años de evolución hasta conformar los diversos ecosistemas que hoy conocemos.

Conviene tener en cuenta dos aspectos relevantes: el primero, que la Tierra es el único planeta del universo conocido donde hay vida y el segundo, que fueron muchas las especies que desaparecieron para siempre en este proceso de destrucción y creación.

Actualmente nos encontramos en uno de esos momentos de destrucción de la vida, provocada en este caso por la presión, sin precedentes, de una especie, la humana, sobre los ecosistemas.

Hemos llegado hasta el último rincón del planeta y una vez allí nos hemos apropiado de todo lo necesario para incrementar nuestro nivel de vida en una espiral de consumo energético insostenible no exenta de consecuencias. Probablemente, la más importante es la pérdida de especies, hasta el punto de que reputados biólogos consideran la situación actual como una de las grandes extinciones de la historia geológica, lo que provoca una erosión continua de la diversidad genética de la que dependemos para nuestra propia supervivencia.

Grandes empresas privadas y corporaciones estatales a nivel internacional, están intentando hacer del bien común que supone el acervo genético, el gran negocio del siglo XXI. Con la biotecnología como herramienta y una legislación a la medida de sus intereses, se conceden patentes sobre genes, líneas celulares, tejidos, órganos y organismos sometidos a ingeniería genética, dando a los mercados el incentivo comercial para explotar los nuevos recursos.

La biotecnología, per se, no es ni buena ni mala, algunas de sus aplicaciones son autenticas bendiciones que curan en la fase embrionaria malformaciones genéticas que darían lugar a terribles enfermedades incapacitantes. Empero, otras de sus aplicaciones podrían degenerar en una nueva y temible forma de contaminación, esparciendo genes super resistentes que una vez integrados en los códigos genéticos de ciertas plantas o animales, podrían dar lugar a plagas indeseables muy costosas y difíciles de controlar (la superficie mundial cultivada con transgénicos es de 114 millones de hectáreas en 2007 y España está a la cabeza de la UE con el 68% de los cultivos de este tipo).

Precisamente, en la falta de control de la biotecnología es donde reside el problema, ya que con el afán de reducir costes y conseguir un gran lucro en poco tiempo, a las grandes corporaciones, propietarias de las patentes, se les ha olvidado hacer un análisis de riesgos serio. Riesgos que no están cubiertos por nadie, ya que las compañías aseguradoras se han lavado las manos ante esta situación. Sean conscientes de que, en última instancia, somos los consumidores y contribuyentes los que asumiremos los riesgos.

Otro aspecto relevante a tener en cuenta, es que ni los últimos procesos de recombinación genética son capaces de crear una vida de novo. Es necesario partir de los genes ya existentes, convirtiendo a estos en el nuevo combustible a explotar para mantener en marcha los mecanismos de la biotecnología. No obstante, sí que se permite patentar la vida en sus diferentes formas, a expensas de las poblaciones indígenas que en la mayor parte de los casos son los que poseen los conocimientos sobre la biodiversidad de un determinado ecosistema. Dichos conocimientos están basados en la experiencia y transferidos de unas generaciones a otras como un legado de vida, no para la explotación masiva y el comercio indiscriminado.

Si a estas alturas se pregunta como puede usted influir en este nuevo contexto, la respuesta es: mediante la elección en el consumo, ya que las empresas no están en el negocio para hacer productos y ofrecer servicios que la gente no quiere.

A pesar de lo abrumador de la publicidad, de los medios de comunicación de masas y de la presión de las fuerzas del mercado, debemos, en cierta forma, hacernos responsables de configurar el futuro que queremos compartir y legar a las próximas generaciones. De otro modo no seremos más que observadores pasivos de nuestro propio destino, siempre en manos de otros.

Escoger empresas y productos que incorporen en sus planteamientos criterios de responsabilidad social y medioambiental, sin ingredientes genéticamente modificados, es una buena forma de tomar las riendas de un futuro mejor para todos.